Día 5 – El túnel de la abstinencia emocional

Cinco días después — Cuando el eco del vacío aún retumba

Las rupturas amorosas siempre duelen. No importa cuán fuerte uno se crea, ni cuánto haya leído sobre resiliencia o crecimiento personal. Cuando una relación se rompe, sobre todo si había convivencia, proyectos en común y complicidad, el vacío golpea directo en el pecho. Y si la causa es la falta de transparencia, las mentiras o la traición, la herida se multiplica. Porque ya no se trata solo de perder a alguien: se trata de sentir que el valor que entregaste no fue correspondido. Ese simple hecho hiere el ego y erosiona la autoestima.

La primera ruptura es un terremoto inesperado. Uno no ve venir el derrumbe porque las expectativas están demasiado altas, porque la visión que se tenía de la otra persona era casi sagrada. Y de pronto todo se quiebra. Sin embargo, cuando después de ese primer golpe hay una reconciliación, y uno decide volver, la ecuación cambia. La segunda caída ya no tiene el mismo culpable: esta vez la responsabilidad también es mía, por haber aceptado seguir en un terreno fracturado.

He llegado a sentir que insistir en una relación dañada es un acto suicida emocional. Sí, en el corto plazo, abrazar la idea de que no habrá vuelta atrás duele como si me arrancaran un pedazo del cuerpo. Pero en el largo plazo, ese dolor es más limpio, más sanador. Lo contrario —aferrarse, dar segundas y terceras oportunidades a las mentiras— solo alarga la agonía. El día que por fin se rompe, ya no es solo dolor: es un agujero que lacera el alma.

Lo curioso es que en esos intentos de salvar lo insalvable, el cerebro juega su propio papel. El apego funciona de manera muy parecida a una adicción. Sabemos que algo nos hace daño, que mientras más lo consumamos más tóxico será. Y, aun así, el impulso de volver es incontrolable. Es química pura: esa descarga de dopamina que antes llegaba con una sonrisa, un mensaje o una caricia, se convierte en la droga que uno ansía en silencio. La abstinencia, entonces, no es solo emocional: es bioquímica.

Desintoxicarse de alguien puede sentirse como pasar por un túnel estrecho donde conviven la ansiedad, la nostalgia y la desesperación. El cuerpo pide esa dosis, aunque la mente grite que es veneno. Y ahí está el verdadero reto: resistir el impulso de regresar a lo que ya sé que me destruye.

Lo escribo así, porque en el fondo sé que esa lucha no se libra afuera, sino adentro. Y quizás ese sea el inicio real de la libertad: aceptar que el desapego duele, que la abstinencia quema, pero que al final del túnel la luz existe.

Día 8 – El silencio después de la ruptura

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