Nueve días sin ella. Nueve días de abstinencia emocional. Y sigo aquí, resistiendo el impulso de recaer.
Hoy se cumplen ocho días. Ocho días desde que todo se rompió —otra vez—, pero esta vez decidí no volver atrás. Y aunque pareciera poco, cada uno de estos días ha sido largo, denso, como si los minutos tuvieran el doble de peso.
No sé si estoy más fuerte o simplemente más consciente, pero hay algo dentro de mí que se ha movido. Hoy entiendo que el proceso que estoy viviendo se parece mucho al de dejar un vicio. Como si estuviera desintoxicándome, no del alcohol ni del tabaco, sino de ella. De su presencia. De su ausencia también.
El impulso que arde
Hay algo casi biológico en este deseo de saber de ella. Como si mi cuerpo estuviera condicionado a buscar su nombre, a revisar sus estados, sus fotos, sus últimas conexiones. Como si con cada “no lo haré” se activara una alarma interna, una ansiedad que me empuja a romper mi propio límite. Lo reconozco: me cuesta. A veces no lo logro. Entro. Miro. Me salgo. Me siento derrotado. Como quien promete que no fumará más y termina encendiendo un cigarro a escondidas. Me pasa eso… con su perfil.
Pero sé que mirar no me ayuda. Que mantenerme pendiente de sus movimientos solo alimenta una expectativa que ya no debería existir. Porque en el fondo, lo que duele no es que no esté. Lo que duele es pensar que ella pueda estar mejor sin mí. Que ya no me extrañe. Que esté avanzando mientras yo lucho contra estos impulsos invisibles.
La abstinencia emocional
Hay momentos en el día donde me siento bien, casi en paz. Creo que estoy avanzando. Pero luego… algo se activa. A veces es una canción. O ver a una pareja en la calle. O simplemente el silencio. Y entonces vuelve la ansiedad. Ese deseo de que ella me escriba, de que al menos se asome, de que me busque, aunque sepa que no me conviene, aunque sepa que lo que quiero no es lo que necesito.
Es como si el ego —mi ego— quisiera comprobar que sigo siendo importante para ella. Que no me ha olvidado. Que aún hay algo de lo que fuimos. Pero detrás de ese impulso, sé que hay una trampa. Porque ya no es amor lo que me une, sino dependencia. Una costumbre emocional. Como una droga que ya no me hace bien, pero que mi cuerpo sigue pidiendo.
La necesidad de “resetear” el alma
Hoy pensé algo extraño, pero liberador. Me imaginé que ella y yo nunca nos habíamos conocido. Que ese día no nos cruzamos. Que no hubo inicio. No por dolor, sino por salud mental. Como una manera simbólica de resetear la historia. De recordar que antes de ella yo ya existía, tenía vida, sueños, calma. Que todo lo que vino después fue intenso, sí, pero también confuso, a veces tóxico, y que ahora, aunque duela, estoy aprendiendo a soltar.
Porque el problema no es que ella ya no esté. El problema es que yo siga atrapado en la idea de que debería estar.
Los niños no preguntan
Me sorprende ver cómo mis hijos, con su naturalidad infantil, no preguntan por ella. Se han adaptado al cambio con una facilidad que me descoloca. Y eso me pone a pensar: ¿será que el vínculo no era tan fuerte como yo pensaba? ¿O simplemente que los niños tienen una capacidad más sana de soltar lo que ya no está? Tal vez soy yo quien complica todo con pensamientos que ellos no tienen.
A veces los miro y siento una mezcla de orgullo y tristeza. Porque quisiera tener su ligereza, su manera de vivir el presente sin cargar con lo que ya pasó. Y al mismo tiempo, me tranquiliza verlos bien. Me da fuerzas.
No se trata de amor
Hoy, si soy honesto conmigo mismo, me doy cuenta de algo importante. Lo que extraño no es tanto el amor —porque si lo pienso bien, ya no lo sentía igual—. Extraño la costumbre. El cuerpo. La rutina. La ilusión de tener a alguien ahí. Pero no era amor completo. No era lo que quiero ni lo que merezco.
Y me alivia reconocerlo. Porque eso me devuelve el poder. Me ayuda a dejar de idealizar una historia que ya no me representaba.
Celos, ego, y el deseo de ser “el importante”
He sentido celos, lo admito. No porque quiera volver, sino porque duele pensar que ella pueda estar con alguien más. Que pueda seguir su vida sin mí. Y eso ya no es amor. Es ego. Es esa parte mía que quiere seguir siendo importante. Que le cuesta aceptar que nadie le pertenece a nadie. Y que el amor real no se aferra, ni controla, ni suplica.
Estoy aprendiendo a soltar eso también.
Un día a la vez
Hoy, más que nunca, entiendo por qué los procesos de duelo, de desintoxicación emocional, de desapego… se viven un día a la vez. No puedo correr. No puedo forzarme a olvidar. Pero sí puedo decidir no alimentar el impulso. No volver a buscarla. No caer en el círculo vicioso del “y si…”.
Hoy no quiero fingir que estoy bien. Tampoco quiero dramatizar. Solo quiero ser honesto conmigo. Y agradecerme haber llegado hasta aquí. Nueve días pueden no parecer nada para muchos. Pero para mí, hoy, son un logro gigante. Porque cada día que paso sin ella, es un paso más hacia mí.