Hoy, dieciséis días después de la separación, mi mente empieza a buscar espacio para mí, para mis proyectos, para mi vida. Todavía la pienso, todavía siento ese apego que se aferra como una sombra, todavía me cuesta aceptar del todo que ya no va a estar en mi camino. Pero algo ha cambiado: ya soy muy consciente de que esto es lo mejor para mí.
Lo extraño sigue estando, pero el alivio pesa más. El alivio de no convivir con incoherencias, con contradicciones emocionales que me desgastaban. Esa carga ya no está. Sí, me falta, pero el valor de recuperarme a mí mismo supera cualquier nostalgia.
Lo que queda es el ego. Ese enemigo silencioso que me ataca con ideas dolorosas: imaginarla compartiendo con otro lo que un día compartió conmigo, pensar que pasó de mí sin más, que nunca fui realmente importante. Y ahí es donde más me duele, en ese lugar donde se mide el valor propio. Mucha desilusión, demasiado vacío.
Pero este vacío quiero acomodarlo como si fuera una habitación nueva, un espacio cómodo para mi recuperación. No voy a correr hacia nadie ni hacia ningún lugar para llenarlo. Esta vez quiero quedarme, habitar mi soledad, hacerla mía hasta sentirme cómodo con ella. Porque sé que solo cuando logre estar bien solo, limpio de arrastres emocionales y libre de apegos, entonces estaré listo para entrar en la vida de alguien más.
Hoy elijo mi paz.
Elijo no conformarme con migajas.
Elijo priorizar mi valor.
Elijo respetarme y amarme.
Elijo soltar.