Hay días en los que me convenzo de que tengo el control. Me repito que ya pasaron suficientes jornadas desde la separación, que mi mente está entrenándose en la aceptación y que la calma va regresando poco a poco. Pero de pronto, sin aviso, aparece esa punzada en el estómago: un vacío extraño, profundo, que no logro explicar del todo. Es como si me faltara algo esencial en la vida, una ausencia que no solo es emocional, sino también física.
He intentado analizarlo, y me doy cuenta de que probablemente se trate del estímulo que la convivencia con ella provocaba en mi cerebro. Esa descarga de dopamina que se encendía con su presencia, con sus gestos, con la simple rutina de compartir el día a día. Y aunque sé que muchas de sus palabras no eran del todo sinceras, no puedo negar que nuestra convivencia era buena. Su compañía era placentera, y en cierta forma me acostumbré a ella como quien se acostumbra a un hábito del que luego cuesta desintoxicarse.
El problema es que este vacío no se queda quieto dentro de mí. Se transforma en intranquilidad, en ansiedad, en esa necesidad casi desesperada de saber algo de ella, aunque en el fondo sé que nada bueno puede traerme. Esa lucha interna me desgasta. Y lo más duro es que no se queda encerrada dentro de mi mundo interior: se derrama en mi entorno, afectando mi relación con quienes más quiero.
He notado cómo la ansiedad me roba la paciencia con mis hijos, cómo me impide disfrutar plenamente de los momentos con ellos, y hasta cómo me vuelve más irritable con mi madre. Me duele reconocerlo, porque ellos no tienen la culpa de mis tormentas internas. Y sin embargo, me descubro atrapado en este torbellino, sintiendo que mi ánimo fluctúa al ritmo de un recuerdo que ya no me pertenece.
La contradicción me acompaña todo el tiempo: no quiero llamarla, no quiero tener más contacto con ella, estoy consciente de que no me conviene. Y aun así, mi mente insiste, repite su nombre, trae su imagen, revive la nostalgia y la decepción en una mezcla difícil de digerir. Por la noche me despierto varias veces, como si el cuerpo también recordara lo que la razón intenta olvidar. Sé que ella ya hace su vida lejos de mí, que probablemente ni piensa en mí, y esa intuición me golpea con más fuerza que cualquier recuerdo.
Este proceso es un vaivén. Hoy, en este día 19, descubro que el control no siempre es real, que a veces solo es una ilusión frágil que se rompe con la primera ráfaga de ansiedad. Y que en el fondo, lo que me queda es seguir entrenando la mente, respirando en medio del vacío, reconociendo el dolor y aceptando que esta intranquilidad también es parte del camino hacia el desapego.