No cualquiera tiene el coraje de alejarse de una mujer que todavía ama.
Muchos confunden eso con cobardía, pero no es huir: es respetarse.
Porque quedarse por costumbre es fácil.
Aferrarse a lo que duele también lo es.
Lo difícil es marcharse con el corazón lleno de amor, pero con la conciencia tranquila.
Eso exige carácter. Exige madurez. Exige tener muy claro quién eres y lo que ya no quieres seguir permitiendo.
He entendido que un hombre no siempre se va porque deja de amar.
A veces se va porque ya no quiere seguir lastimándose.
Porque llega un punto en que el amor sin paz deja de ser amor y se convierte en apego.
Y aunque duela, aunque el alma se parta en silencio, hay momentos donde amar también significa cerrar la puerta.
No es orgullo, es respeto propio.
No es frialdad, es conciencia.
Porque quedarse donde ya no creces, donde el alma se desgasta, es traicionarte.
Y cuando un hombre se elige a sí mismo, incluso amando, demuestra que ha aprendido el valor más alto de todos: el de su propia paz.
Hoy, 40 días después, puedo decir que sigo en pie.
No sé si ya gané la batalla, tal vez no.
Se que una parte de mí todavía la ama, quizás siempre lo haga.
Pero también sé algo con certeza:
que si tuve el valor de irme, es porque aprendí a amarme más.