Refugio emocional prestado

Hay un tipo de soledad que no se cura con compañía.
Hay vacíos que uno intenta llenar con gente.
Y lo peor es que, mientras más los llena, más se ensanchan.
Porque hay abrazos que no curan, solo entretienen la herida.
Y besos que no dicen “te quiero”, sino “no quiero estar solo”.

Y así empieza la trampa.

Tuve una relación sin nombre. Literalmente. Así la bautizamos: sin nombre.
Ella decía que ponerle un título lo estropearía, y yo, con tal de no perder la oportunidad de tenerla cerca, acepté. Me convencí de que podía con eso, de que era lo suficientemente maduro para no necesitar etiquetas.
Mentira. Lo que en realidad estaba haciendo era comprar tiempo.

Yo, que siempre fui de creer en lo claro, terminé jugando al escondite emocional.
Sabía —porque uno siempre sabe— que había otros teléfonos, otras conversaciones, otras presencias flotando entre sus silencios. Pero preferí callar. Fingí que no me dolía. Fingí que también podía jugar a no sentir.

Y en ese teatro improvisado, me busqué mi propio reparto.
Reviví contactos antiguos, fantasmas de relaciones pasadas, nombres que ya ni me sabían a nada.
Las usé —aunque suene cruel— como muletas para no caerme, como parches para no ver lo evidente: que estaba sosteniendo una historia a medias.

Era una estrategia patética, disfrazada de equilibrio.
“Si ella lo hace, yo también”, me repetía.
Pero no era rebeldía, era miedo.
Miedo a sentirme menos. Miedo a aceptar que estaba invirtiendo emoción en alguien que no me elegía del todo.

Lo peor del refuerzo emocional es que se siente como alivio… hasta que descubres que en realidad es más vacío.
Porque cada vez que buscas consuelo en una historia que no te importa, algo dentro de ti se apaga.
Y lo que empieza como un intento de no sufrir termina convirtiéndose en un modo de no sentir.

Un día quise ponerle fin a ese desorden emocional.
Le pedí que la relación tuviera nombre. Que tuviera peso, dirección, compromiso.
Ella aceptó. Dijo que dejaría lo que debía dejar. Y yo, ingenuo, le creí.

Solté mis refugios, cerré mis distracciones, convencido de que por fin era el momento de lo verdadero.
Pero la verdad no llegó.
Ella siguió sosteniendo su doble vida, mientras yo intentaba mantener en pie una fe que ya se caía sola.
Y cuando mi intuición gritaba, yo volvía a lo conocido: ese consuelo de emergencia con otras personas, solo para no sentirme derrotado.

A veces uno usa a los demás para no enfrentarse a sí mismo.
Y eso no lo arregla ningún mensaje, ni ningún reencuentro, ni ninguna cama compartida.

Me ha tomado tiempo darme cuenta de que no es a ella a quien no puedo soltar, sino a esa versión de mí que se sentía menos sin ella.
Esa parte débil que buscaba refugios porque no sabía sostenerse sola.

Hoy entiendo que todo eso fue una forma de mendigar amor sin admitirlo.
Usar a alguien como refugio emocional es un acto de desesperación disfrazado de control.
Y mientras más lo haces, más pequeño te sientes.

Porque no hay peor soledad que la que se vive acompañado.
Y no hay peor engaño que el que uno se hace a sí mismo, repitiendo que no pasa nada cuando ya todo está roto.

No sé si ya superé la historia, ni si alguna vez dejaré de pensar en lo que pudo ser.
Pero hoy tengo claro que no quiero refugios prestados.
Si me caigo, que sea sobre mi propio pecho.
Si me abrazo, que sea con mis propias manos.

Porque prefiero una soledad sincera que una compañía que huela a mentira.

Deja un comentario