—Me encantan los parques. Me gusta ver a los niños jugar.
De repente, uno se acerca a otro sin conocerse de nada, y simplemente le dice:
—¿Jugamos?
Y sin pensarlo mucho, el otro responde:
—Sí, juguemos.
No sé… cuando te vi, pensé que tú también querrías jugar conmigo.
Y te pregunté: ¿Jugamos?
Y tú dijiste: Juguemos.
—¿A qué jugamos? —pregunté.
—No lo sé —respondiste tú—, ya lo iremos descubriendo.
Y así empezó todo:
sin saber a qué jugábamos, pero con ganas de hacerlo.
Eso es lo que nos diferencia de los niños.
Ellos siempre quieren saber a qué están jugando, qué papel tienen, cuándo termina.
Tú y yo no.
Fuimos descubriéndolo sobre la marcha, improvisando las reglas mientras nos dejábamos llevar.
—¿Cuánto va a durar el juego? —te pregunté una vez.
—Hasta que nos aburramos —dijiste sonriendo.
—¿Y hay reglas?
—Sí: no le pondremos nombre a nuestro juego.
Los niños, cuando juegan en los parques, pueden terminar su juego y marcharse sin resentimiento.
Tal vez no vuelvan a verse, o tal vez sí.
Pero lo que siempre queda es el recuerdo bonito de haber compartido algo sincero, aunque haya durado poco.
Mañana irán a otro parque y jugarán con otros niños, sin necesidad de saber sus nombres.
Así acumulan recuerdos felices, juegos nuevos, risas limpias.
Nosotros, en cambio, rompimos las reglas poniendo reglas.
Nos quedamos demasiado tiempo en el mismo parque, queriendo que el juego no terminara nunca.
Intentamos conservarlo, fijarlo, hacerlo eterno.
Y en ese intento, lo desgastamos.
Porque la diferencia entre los niños y nosotros es que ellos viven el juego sin miedo a perderlo.
Nosotros, en cambio, tememos tanto al final que acabamos olvidando disfrutar el presente.
Ellos se marchan ligeros; nosotros nos quedamos cargando culpas, preguntas y promesas incumplidas.
Y así, lo que empezó como un juego libre, se fue llenando de silencios, reproches, despedidas.
El parque se fue quedando vacío, y tú y yo, sentados en el mismo banco, ya no sabíamos cómo volver a jugar sin hacernos daño.
Hoy, cuando paso por un parque y veo a dos niños jugando, pienso en nosotros.
En cómo nos encontramos, en cómo jugamos, y en cómo terminamos.
Los niños se llevan un lindo recuerdo de lo vivido,
y nosotros, en cambio, nos quedamos con el dolor de lo perdido.
Ellos sueltan sin miedo.
Nosotros, con el corazón lleno de amor, aprendemos —a veces a la fuerza—
a soltar con el alma llena, aunque duela, aunque queramos seguir jugando.
Hoy, cuando veo a dos niños riendo, me viene tu recuerdo..
En cómo empezamos jugando, sin saber que ese juego sería una historia.
Y algo dentro de mí se detiene.
Porque a pesar del final, hubo belleza.
Porque aunque el juego terminó doliendo,
fuiste el parque más bonito donde aprendí a amar sin nombre
y a intentar soltar con el alma llena de amor.