📘 Serie: El amor como síntoma
✍️ Por Eric Ramírez
🩸 PRÓLOGO: El cuerpo que duele sin herida
No puedo dormir.
Duermo, pero no descanso.
La mente entiende cosas que el cuerpo se niega a aceptar.
La razón avanza.
El cuerpo se queda atrás, aferrado, como si aún esperara una señal que ya no va a llegar.
Alma sigue ahí.
No como presencia, sino como síntoma.
Ocupa mis pensamientos con la disciplina de una obsesión que no se negocia.
Abro el teléfono.
No para escribirle.
No para releer lo que borré.
Solo para comprobar si existe.
Un punto verde basta para anestesiar el temblor.
Su silencio, en cambio, me deja en abstinencia.
Ya no bebo.
Ya no fumo.
Pero el cuerpo siempre encuentra un veneno nuevo.
Ahora es ella.
O la idea de ella.
Escribo para no recaer.
Entreno para no romperme.
Sudo el apego, pero no lo expulso.
Como si el alma —la mía— se negara a soltar su propia fiebre.
No entiendo por qué duele tanto perder algo que nunca fue del todo mío.
El amor no me destruye: me enferma.
Se instala sin avisar, se reproduce en silencio, no deja marcas visibles.
Y lo más inquietante es esto:
una parte de mí no quiere curarse.
Porque mientras duele, todavía hay vínculo.
No sé si extraño a una mujer
o a la versión de mí que existía cuando creía ser elegido.
No sé si esto es amor
o la repetición de una carencia antigua que aprendió a disfrazarse bien.
Lo que sí sé es que hay noches en las que una pregunta simple se vuelve imposible de responder:
¿Y si volviera… qué haría?
No porque no tenga la respuesta.
Sino porque el cuerpo todavía no acepta la verdad que la mente ya conoce.
Por eso escribo.
No para justificarme.
No para sanar rápido.
Escribo para mirar de frente.
Porque intuyo —y luego confirmo— que Alma no fue el origen.
Fue el detonante.
La herida estaba ahí mucho antes.
Se activó otras veces, con otros nombres, otros cuerpos, otras historias.
Ella solo encendió la luz del quirófano.
Este libro no es una historia de amor.
Es una historia psicoanalítica.
Una autopsia emocional.
El relato de un hombre que aprendió a amar dentro de un sistema,
donde el afecto tenía función,
la cercanía se negociaba,
y la pérdida siempre encontraba reemplazo.
Un hombre que confundió poder con cuidado,
lealtad con intimidad,
presencia con pertenencia.
Aquí no hay moraleja.
No hay superación ejemplar.
Hay recorrido.
Desde una infancia donde el silencio educaba,
pasando por un mundo donde el amor fue mercancía,
hasta llegar a ese punto exacto donde amar sin contrato
dejó al descubierto todo lo que no estaba resuelto.
El amor como síntoma no es una confesión.
Es un descenso.
Un intento honesto de entender por qué,
cada vez que alguien se va,
no solo se va una persona,
sino algo mucho más antiguo.
Algo que no aprendió a quedarse.