Ya llega el viernes.
Otra vez esa escena repetida: los dejo en la escuela y me voy con el corazón a medias.
Uno pensaría que uno se acostumbra, pero no.
A lo que sí me estoy acostumbrando es a revisarme. A ver qué tanto de mí les dejé esta semana.
No tengo todo bajo control, o casi nada.
A veces no tengo control ni sobre lo que siento.
Y ahí es donde empieza el verdadero trabajo: no en controlar las emociones de ellos, sino las mías.
Con ellos intento algo distinto.
Ayudarles a nombrar lo que sienten,
mostrarles que la tristeza no es un castigo,
que la rabia no es pecado,
que el miedo también tiene derecho a existir.
Pero mis métodos no siempre funcionan.
Porque a veces la frustración me traiciona,
esa maldita frustración que viene cuando uno, como adulto, se pone expectativas que no se cumplen.
Y entonces, sin querer, uno descarga lo que no logró en su día, en su vida, en su historia.
Pero me detengo.
A veces tarde, a veces justo a tiempo.
Y me acuerdo del niño que fui.
No sé si entendía lo que pasaba a mi alrededor,
o si simplemente aprendí a callar por costumbre.
Mi padre, aunque buen hombre y proveedor,
no solía preguntar qué me dolía por dentro.
Cumplía con su deber, pero no con mi silencio.
Y así crecí, como la calabaza: por mi cuenta; con el sustento básico y carencias invisibles.
Siguiendo la luz que encontraba, aunque nadie me guiara.
Esa estructura de vida me hizo lo que fui:
un tipo sin frenos, volátil como una bala perdida,
que buscaba dirección sin saber que le faltaba un mapa.
Pero también, me hizo el padre que soy, o que intento ser hoy:
uno que no quiere repetir la distancia,
que se esfuerza por ver, por escuchar, por estar.
No quiero eso para mis hijos.
Y entonces lo intento.
Otra vez.
No desde el deber, sino desde el amor.
Y me repito una lección que la vida me enseñó sin libros:
A los niños se les ponen límites para educarlos bien,
pero los límites más importantes son los que debemos ponerle a nuestros propios límites.
Ni pecar por exceso. Ni por defecto.
Ni gritar cuando no toca.
Ni callar lo que necesita ser dicho con calma.
Educar sin herir.
Corregir sin humillar.
Acompañar sin invadir.
No es fácil.
Pero es posible.
Y en eso estoy, día tras día.
No sé si lo estoy haciendo bien.
Pero sé que lo estoy haciendo con amor.
Con memoria.
Con intención.
Y eso también es ser papá.
Aunque nadie nos enseñe,
aunque a veces sintamos que caminamos con los ojos vendados,
hay algo que siempre me guía:
el deseo de que mis hijos recuerden su infancia como un lugar seguro,
y no como un campo de batalla de las emociones de sus padres.
Porque al final, ser papá no es cargar con ellos.
Es aprender a no cargarles con nosotros.