La estética de la fortaleza emocional y el miedo a sentir

Vivimos en la era de la apariencia emocional.
No se trata de no sentir, sino de no mostrar.
No por pudor, sino por estrategia.

Hoy la fortaleza se representa así:
dejar en visto,
no responder,
simular indiferencia,
callar justo donde el cuerpo quiere hablar.

La gente se deja en visto para demostrar poder frente al otro,
pero en el fondo se muere por contestar.
El gesto externo dice “no me importas”;
la verdad interna susurra otra cosa:
“si me escribes, te respondo”.
“si me preguntas cómo estoy, te digo que te amo”.
“si me dejas hablar, te digo que aún lo siento”.

La inhibición no es fortaleza:
es represión con maquillaje.


El respeto nace del reconocimiento, no del ocultamiento

En el deporte de combate aprendí algo que hoy parece subversivo.
Cuando tenía un rival difícil, no lo minimizaba.
No fingía superioridad.
Lo reconocía.

Decía —y lo decía frente a él— que era fuerte, que me costaría superarlo,
que quizás no lo lograría.
Pero que igual iba a intentarlo.
Y que, si no lo conseguía, sería un placer haberlo enfrentado.

Eso no me debilitaba.
No me restaba autoridad.
Al contrario: generaba respeto.

Porque el respeto no nace de la negación del peligro,
sino de la conciencia de él.

En los negocios, en la calle, en la vida, el mecanismo es el mismo:
reconocer quién es el otro
y quién eres tú frente a él
no te quita fuerza:
te coloca.


El amor convertido en campo de batalla narcisista

Hoy el amor ya no es vínculo:
es una guerra de egos.

Quién demuestra menos.
Quién bloquea primero.
Quién “supera” más rápido.
Quién parece más frío.

Los nuevos gurús del desapego repiten consignas:
no le demuestres lo que sientes,
elimínala,
sácala del pedestal,
piensa en todo lo malo,
destrúyela simbólicamente para que duela menos.

Ahí no veo sanación.
Veo una profunda deformación del carácter humano.

¿Cómo se demoniza a alguien que fue parte de tu vida?
¿Cómo se transforma en error lo que, mientras duró, fue real?
¿Por qué una historia se vuelve negativa solo porque terminó?


El autoengaño de la negación

Desde el inicio de todo vínculo hay señales.
Pequeñas sinopsis del otro.
Detalles que hablan antes de que el amor ensordezca.

Pero al principio justificamos.
Romantizamos.
Editamos.

Firmamos contratos emocionales
sin leer las letras pequeñas.

Luego, cuando creemos merecer un amor incondicional,
esas mismas señales nos duelen.
Y decimos que “no lo sabíamos”.

Negar lo que sentimos para pasar página
no es madurez:
es evitar el duelo.

Porque en ese período vivido estabas tú.
Si demonizas al otro, ¿qué haces con quien fuiste ahí?


El miedo no es al dolor, es a la espera

¿A qué le teme realmente la gente?

No al dolor —el dolor ya está—,
sino a admitir que aún espera algo.

Por eso el silencio.
Por eso el “visto”.
Por eso la pose.

Se dice “no me merece”,
pero se actúa como quien todavía necesita ser visto.

Eso no es desapego.
Es dependencia disfrazada de dignidad.


Amar como se deja una adicción: sin negar el deseo

Cuando quise dejar el tabaco —cuando nació mi hija—
no eliminé el cigarro de mi vista.
No fingí que no existía.

Convivía con el paquete delante de mí.
Mi cerebro me pedía a gritos que fumara.
Y yo no le decía que no me gustaba.
Le decía la verdad:

Sí, es placentero.
Sí, me gusta.
Pero el daño es mayor.
Y hoy me elijo.

Con el alcohol ocurrió algo parecido.
No veía un fin de semana sin vino o cerveza.
Y aún me gustan.
Aún me dan placer.

Pero me da más placer mi estado físico,
mi salud,
mi rendimiento,
mi claridad mental.

No puedo eliminar el alcohol del mundo.
Y tengo una botella en casa desde hace más de un año.
Sigo sabiendo que me gusta.
Pero me elijo a mí
y a todo lo que represento.

Así es el amor.


Amar sin negarse

Sí.
Te amé.
Y aún te amo.

No te lo mereces, quizás.
Pero en eso yo no mando.

Este amor no habla de ti.
Habla de mí.
De mi capacidad de sentir.

No sé cuánto tiempo más durará.
Pero mientras exista, no lo negaré.

No espero que vuelvas.
No actúo para que sane rápido.
Fuiste importante en mi vida.
Y aún lo eres.

Si lo mereces o no, ya no es mi problema.


sentir como acto de soberanía

En una época que confunde fortaleza con silencio
y dignidad con indiferencia,
sentir sin estrategia
es un acto de soberanía.

Te agradezco por haber sido capaz
de hacerme sentir tan profundo.

Te deseo una buena vida.
De verdad.
Aunque no sea conmigo.

Porque amar sin negarse
no es debilidad:
es coherencia.

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