Hay regresos que no traen respuestas.
Traen espejos.
Y en ese espejo no aparece ella primero.
Aparezco yo.
Con la dignidad sentada frente al deseo, sin saber cuál de los dos va a hablar primero.
Nada aquí es claro.
Nada aquí es limpio.
Nada aquí cabe en la idea clásica de lo que un hombre debería permitir, aceptar o sostener.
Y, sin embargo, todo aquí es profundamente verdadero.
Su presencia vuelve como vuelve el olor de algo que nunca se fue del todo. No irrumpe. No exige. No promete. Se acerca con esa fragilidad que, sin que yo lo quiera, activa en mí un lugar antiguo.
Un lugar que conoce bien el gesto de cuidar.
De comprender.
De esperar.
Pero esta vez, ese gesto no nace de la ingenuidad.
Nace de la conciencia.
Porque yo sé que no está completa.
Sé que su mundo aún tiene otro lado.
Sé que lo que se acerca a mí no es una decisión tomada, sino una emoción desbordada.
Y aun así, cuando la siento cerca, algo en mí se acomoda como si volviera a su sitio.
Eso es lo que más pesa.
No lo que ella hace.
Sino lo que despierta.
Hay una intimidad que no se fabrica, que no se inventa, que no se repite con nadie más. Una conexión que no pide permiso para existir. Y cuando reaparece, el cuerpo la reconoce antes que la mente.
Y la mente, por más argumentos que tenga, llega tarde.
Yo podría pararme en la rigidez del orgullo. Podría tomar distancia, dibujar límites claros, proteger esa idea externa de lo que debería ser un hombre que se respeta.
Pero en ese acto, me estaría negando a mí mismo.
Porque lo que ocurre aquí no es un error.
Es una revelación.
Revela que este sentimiento no era superficial.
Que esta mujer no fue una historia más.
Que lo que dejó en mí sigue intacto, respirando debajo de todo lo que intenté ordenar.
Y también revela algo más incómodo:
Mi necesidad de ser el lugar donde ella encuentra calma.
Mi impulso de sostenerla cuando la siento desbordada.
Mi tendencia a ofrecer refugio cuando percibo su confusión.
No porque ella lo pida de forma explícita, sino porque yo lo necesito así. Porque en ese rol, en ese gesto de protección silenciosa, hay una parte de mí que se siente en casa.
Eso no habla de debilidad.
Habla de patrón.
Y reconocerlo no me degrada.
Me vuelve lúcido.
Aquí no hay ilusiones.
No hay promesas.
No hay escenarios imaginados.
Hay un alma que se acerca… pero no termina de volver.
Y aun así, su cercanía tiene el poder de moverme por dentro como nada más lo hace.
Eso es lo que desarma cualquier discurso de fortaleza prefabricada.
Porque esto no tiene que ver con quedar bien ante el mundo.
Tiene que ver con no mentirme frente al espejo.
Aceptar que este vínculo no es correcto, pero es verdadero.
Que no es ideal, pero es profundo.
Que no es digno según las reglas, pero sí según mi honestidad.
Y en esa honestidad, descubro algo que pesa más que el orgullo:
Hay amores que no se miden por lo que ofrecen, sino por lo que revelan.
Y este, sin duda, me está revelando entero.
Ya no estoy tratando de entender el amor.
Eso quedó atrás.
Aquí no analizo nada.
Aquí solo reconozco lo que sigue latiendo después de haberlo entendido todo.
El síntoma ya fue visto.
Ya fue nombrado.
Ya fue expuesto.
Y aun así, el pulso continúa.
No es racional.
No es elegante.
No es correcto según ningún código externo.
Es orgánico.
Es involuntario.
Es humano.