Han pasado 26 días desde la separación, y aún sigo en esta batalla silenciosa contra mi propia mente. Hoy estuve al borde de escribirle. Pensaba que a estas alturas ya debería haberlo superado, pero no. La ansiedad se multiplica al sentir con claridad que ella ya tomó una decisión definitiva: no buscarme más, no escribirme, no interesarse siquiera por saber de los niños. Esa ausencia habla más fuerte que cualquier palabra.
Mi cerebro me ataca como con una alarma de peligro: me repite que ya pasó página, que mientras yo sigo atrapado aquí, ella avanza sin mirar atrás. Y aunque lo comprendo, la sensación de soledad se vuelve insoportable. Hoy es uno de esos días en los que el vacío se hace presente en cada rincón, como un eco que me recuerda que este camino lo recorro solo.
No hay acompañamiento real en este proceso. Los de afuera repiten frases conocidas: “tienes que superarlo”, “la vida sigue”, “piensa en ti”, “amor propio”. Palabras que ya sé de memoria y que reconozco como ciertas, pero que hoy no alivian. Porque no siempre se trata de saber, sino de sentir. Y hoy, sentir duele.
Mis hijos se marcharon esta mañana, y con su partida el silencio de la casa se volvió más denso. El vacío me inundó de golpe, como si el mundo se hubiera detenido. No quiero volver atrás, lo tengo claro. Sé que lo mejor para mí es no abrir esa puerta que ya quedó cerrada. Pero también sé que esta desconexión tan brusca, este corte tan radical, dejó heridas en el pequeño universo que habíamos creado en dos años.
Hoy entiendo que lo que se rompió no fue solo la relación, sino la fantasía que yo mismo construí alrededor de ella. Mis expectativas, mis proyecciones, mis sueños con un futuro que nunca existió fuera de mi mente. Y es esa ruptura —la de mis propias ilusiones— la que me genera frustración, la que me mantiene atado en este periodo de negación.
Hoy no quiero consejos, ni frases motivacionales. Hoy solo quiero reconocer que me siento vulnerable, que estoy herido y que no lo he superado aún. Es parte del camino.