Dia 38 – Un mes en silencio que no fue silencio

Ha pasado más de un mes desde que todo terminó. Treinta y ocho días de intentar mantenerme firme, de resistir la tentación de escribir, de revisar, de buscarla. Pero no voy a mentirme: sí la he buscado. La he buscado en recuerdos, en su nombre, en los rincones digitales donde prometí no volver a entrar.

He sufrido todo el mes. A ratos he creído avanzar, pero el dolor no desaparece, solo se acomoda. Uno aprende a convivir con él, hasta que de pronto algo lo despierta.

Y eso fue lo que pasó. Cuando pensaba que por fin empezaba a estar mejor, ocurrió el encuentro.

El reencuentro que removió lo que ya creía superado

Nos vimos por un motivo que tenía sentido, algo ligado al lazo que aún une a los pequeños con ella. Durante dos años se quisieron con una ternura real, de esas que no se fabrican ni se fingen. Ella los vio crecer, los acompañó, y ellos la adoraban como parte de su propio mundo. Era natural que desearan volver a verla, y también justo que ella necesitara abrazarlos otra vez. Me convencí de que ese encuentro era necesario, y quizá lo era. Pero también sabía —aunque no lo dijera— que yo necesitaba verla. No para resolver nada, sino para sentir, aunque fuera por un momento, que todavía compartíamos un pedazo de ese vínculo que una vez nos hizo sentir familia.

Y cuando se fue, todo volvió a moverse dentro de mí. La ansiedad, el deseo, las ganas de contacto. Todo aquello que durante semanas había mantenido bajo control, regresó.

El miedo a ser olvidado

Después del reencuentro, mi mente empezó a fabricar excusas: cualquier razón servía para justificar un mensaje, una llamada, una señal. No se trataba de hablar, sino de asegurarme de que no me había borrado de su mente.

Pero también sé que ese pensamiento es una trampa. Si tengo que recordarle que existo, entonces nunca tuve ese lugar. Y entender eso no me hace sentir mejor, pero me devuelve un poco de claridad.

He aprendido que el miedo a ser olvidado es, en realidad, el reflejo del apego que se resiste a morir. No es amor lo que duele, es la dependencia de la idea que uno construyó.

El intento de mantener el control

Cuando la necesidad de escribirle se hace insoportable, recurro a lo poco que tengo a mano: técnicas de control emocional que a veces funcionan… y muchas veces no. Hay días en que logro calmarme y otros en que la mente me arrastra al borde del impulso. Me esfuerzo por no hacer nada, por quedarme quieto, por dejar que el momento pase sin convertirme en esclavo del deseo de contacto.

A veces me repito en voz baja que si tengo que recordarle que existo, entonces nunca fue mi lugar. No siempre me ayuda, pero me centra. Porque resistirse, incluso fallando, también es una forma de respeto hacia uno mismo.

Lo que en verdad cuesta soltar

Sé que ella no es la mujer que me conviene. No lo digo desde el orgullo, sino desde la claridad que deja el tiempo. Pero también sé que el corazón no obedece a la lógica. No me duele perderla, me duele soltar la ilusión que me había hecho de lo que nunca fue. Me duele aceptar que lo que soñé con ella existió solo en mi mente, en ese espacio donde todo parecía posible.

Ahora mi objetivo es más simple y más difícil al mismo tiempo: lograr un minuto sin pensar en ella. Un solo minuto de silencio mental, sin su nombre, sin su imagen, sin su sombra. Porque un minuto sin pensar en ella representa, hoy por hoy, una verdadera victoria.

Cada día que paso sin escribirle, sin buscarla, sin revisar su nombre, es una conquista pequeña pero significativa. No porque me haga sentir bien, sino porque me devuelve un poco de mí. Cada pensamiento interrumpido, cada impulso controlado, es un paso hacia el respeto propio.

He comprendido que soltar a quien no te eligió no es un acto de olvido rápido, sino de resistencia paciente. No se trata de odiar, ni de fingir indiferencia. Se trata de dejar que muera solo, sin escándalo, sin ruido, minuto a minuto, hasta que deje de ocupar el centro de mis pensamientos.

Dejar morir lo que duele

“La mejor manera de matar a alguien en tu corazón es dejarlo morir lentamente en tu mente, sin nombrarlo, sin llamarle, sin escribirle, sin buscarle… Que muera poco a poco, en agonía lenta para que no reviva, si lo dejas morir abruptamente, revivirá a cada instante. Siéntelo, llóralo, súfrelo, pero no eternamente.” — Joaquín Sabina

Eso hago. Lo dejo morir lentamente. Sin odio, sin rencor. Sintiéndolo, llorándolo, pero sin quedarme a vivir en ese duelo.

Porque al final, cada día que no la busco, me encuentro un poco más a mí.
Y quizá esa sea la lección más dura y más valiosa de todas:
que el verdadero amor propio empieza cuando uno deja de mendigar amor ajeno.

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