El amor después del amor

Dicen que el tiempo lo cura todo, pero ¿cómo se cura algo que aún se ama?
He comprendido que el luto no se supera, se transforma. No desaparece, simplemente cambia de forma. Un día despiertas y el dolor ya no grita, solo susurra… ya no ocupa todo el pecho, pero sigue ahí, recordándote que lo que viviste fue real.

Aprendí que amar a alguien que te ha hecho daño no te hace débil. Te hace consciente de lo que sentiste, pero también de lo que mereces. Porque a veces el amor no se apaga con una decepción ni se borra con una herida; solo cambia de forma. Se vuelve una mezcla de lucidez, nostalgia y fuerza. Porque cuando entiendes lo que vales, ya no amas desde la necesidad, sino desde la libertad.

También entendí que las personas no hacen cosas “en nuestra contra”; hacen cosas a su favor. No te cambian por otra persona, se eligen a sí mismas. Y aunque duela, eso también es válido. El amor no siempre se rompe por falta de sentimiento, a veces se rompe por exceso de individualidad, por miedo, o por caminos que ya no se cruzan.

Cuando se ama sin experiencia, cuando se es joven y el alma todavía no conoce las cicatrices del amor, se cree que esa primera historia es la definitiva. Se ama con el corazón desnudo, sin reservas, con la fe del que no ha sido herido.
Pero cuando se ama de adulto, después de haber conocido la ilusión y la pérdida, después de haber aprendido a levantar muros y desarmarlos, el amor adquiere otro peso. Ya no se busca llenar vacíos, sino compartir plenitudes.

Y sin embargo, cuando a pesar de toda esa madurez, de la experiencia y de los aprendizajes acumulados, alguien logra desarmarte, conmoverte, y romperte el alma como si fuera la primera vez… entonces entiendes que eso es amor real.
Porque no es el amor que idealiza, ni el que promete eternidades. Es el amor que te muestra tu fragilidad, que te hace caer de rodillas aun sabiendo los riesgos.

Entonces descubres que lo anterior fue solo el ensayo. Que cada historia pasada fue apenas un entrenamiento para llegar a comprender la profundidad del amor verdadero —ese que no necesariamente termina bien, pero que te deja marcado para siempre.

Y aunque el tiempo siga pasando, aunque aprendas a vivir sin esa persona, una parte de ti sabrá que en ese escenario, con todas las heridas y las lecciones, estuviste vivo de verdad.

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