Hay momentos en que alguien te pone frente al espejo y, sin necesidad de discursos, te hace ver lo que llevas escondido en el pecho. De pronto entendí que la angustia que me atraviesa después de la separación no obedece a comparaciones: no se mide con frases como “hay cosas peores” o “otros han sufrido más”. La angustia no sigue la lógica de lo razonable, sino la del corazón que sangra en silencio. Es mía, y por eso duele como duele.
Si la intento minimizar, solo me pierdo la oportunidad de escuchar lo que realmente está en juego. Y entonces aparecen las preguntas que incomodan, pero que también iluminan: ¿qué llamo “soledad”? ¿Extraño a ella o extraño la compañía? ¿Qué lugar ocupaba en mi vida? ¿Qué es eso que hoy nombro como “falta”?
No sé si estoy del todo preparado para dar respuestas, pero lo intento… lo hago desde cómo me siento hoy, aunque las palabras salgan entrecortadas y no tengan todavía forma definitiva.
Comparaciones que no curan
En estos días he escuchado frases como “se te va a pasar”, “hay cosas peores”, “cuando muere alguien es más difícil”. Entiendo la intención: quieren aliviar. Pero el efecto es el contrario. En mi caso, esas comparaciones me desconectan de lo que estoy viviendo. Lo que atravieso es relevante porque me atraviesa a mí. Intentar razonarlo con la balanza del “peor/mejor” solo me aleja del punto central: reconocer la herida y entender su forma.
Aceptarlo así me baja un cambio. No necesito justificar mi dolor comparándolo; necesito escucharlo.
¿Qué llamo soledad?
Le llamo soledad a no estar con ella. No porque esté realmente solo —tengo a mi familia, y me sostienen—, sino porque hay un espacio específico que ocupaba en mi vida y que hoy está vacío. Esa soledad no es la ausencia de gente; es la ausencia de un vínculo particular. Es el hueco que dejó su presencia cotidiana: el abrazo de cada mañana, el café compartido al comenzar el día, la ducha juntos, el calor de su cuerpo en la cama, su manera de atarme entre sus brazos para que no me levantara tan temprano, el cuidado que tenía sobre mí y los míos. Es la falta de sus risas en la cocina, de los momentos de intimidad, de las planificaciones del día, de los días de compras que parecían triviales pero daban sentido. Es el eco de las noches de televisión compartida, de su manera de acompañarme cuando caía la noche. Ese es el vacío que, aunque lo nombre “soledad”, en realidad es la silueta de ella cuando ya no está.
¿Extraño a ella o extraño la compañía?
Extraño a ella en particular. Puedo estar bien conmigo mismo; de hecho, valoro mi propia compañía. No me asusta el silencio ni el tiempo a solas. Lo que me falta es ella. Y decirlo así me muestra algo importante: no estoy huyendo de estar conmigo, estoy atravesando la pérdida de una persona concreta que, por un tiempo, fue significativa.
¿Qué lugar ocupaba en mi vida?
Al principio, su lugar era transitorio, sin expectativas de trascender. Creí que podría controlar mis sentimientos, porque veía señales de que ella no estaba dispuesta a dar lo que yo esperaba. Pensé que tenía las riendas. Sin embargo, con el paso del tiempo, dejé que su presencia se volviera parte de mi sistema afectivo: La incorporé a mi mundo, a mis rutinas y a las costumbres de todos los días, hasta el punto de hacerse indispensable para quienes yo también lo soy. Eso fue más allá de “compañía”. Fue pertenencia.
Durante mucho tiempo esperé ser elegido… y nunca lo fui del todo. Ese “quedar a medio elegir” dejó una marca fina pero constante. Hoy, al separarnos, no solo se va una persona; se desarma la fantasía de lo que nunca ocurrió: que me eligiera por completo. Allí duele.
La falta: lo que se desnuda cuando el otro se va
En psicoanálisis se habla de que somos “sujetos en falta”: nadie está completo. La pareja no viene a solucionarlo, pero a veces funciona como vendaje. Ahora que la relación ya no está, lo que aparece no es solo la ausencia de ella, sino el encuentro con mi propia falta: el deseo de ser elegido, la necesidad de seguridad afectiva, el anhelo de sentirme prioridad. Ella, con todo su contexto (distancias, diferencias, ritmos), cubría temporalmente esas aristas. Sin esa cobertura, la falta se expone. Y aparece la angustia.
Ponerle nombre no la elimina, pero la ordena: lo que busco no es “reemplazarla” a toda costa, sino entender qué estaba pidiéndole a ese vínculo y qué quiero pedirme a mí de ahora en adelante.
Por qué este duelo es distinto
Nunca me había pasado quedarme solo después de terminar una relación. O me mudaba de ciudad, o aparecía otra persona, o había algún movimiento grande que hacía de cortina. Esta vez no. Mismo lugar, mismo ritmo, y yo con mi eco. Por eso cuesta más: no hay ruido que tape. Es aquí donde el trabajo es real.
Y ese trabajo tiene fisuras: la ansiedad me roba la paciencia, me vuelve irritable y termina afectando a las personas que más quiero y que me necesitan sano. No me enorgullece, pero es verdad. Lo nombro para responsabilizarme: si la angustia me toma, no pueden pagar quienes están cerca de mí.
Lo que me digo después de pensarlo
- No voy a competir con el dolor de nadie. Mi dolor no necesita ser “el más grande” para ser atendido.
- La soledad que siento tiene nombre y apellido. No es miedo a estar conmigo; es la ausencia de ese vínculo particular.
- Fui esperando ser elegido. Esa espera sostenida también me ató; fue una promesa muda que hoy se rompe y duele.
- Mi falta no la inventó esta ruptura; la dejó visible. Y si la tapo con prisa, volverá a aparecer bajo otra forma.
- Cuidar mi casa emocional es urgente. Mi ansiedad no tiene derecho a pasarle la factura a los míos. Me toca respirar, pausar, pedir ayuda cuando me desborde, y reparar si lastimo.
¿Qué deseo ahora?
Deseo una vida donde mi valor no dependa de ser elegido a medias. Un vínculo donde la lealtad no sea negociable, donde mi mundo y mis rutinas no sean terreno inestable. Deseo una relación que acompañe y no que me haga demostrar todo el tiempo que merezco estar ahí.
Y deseo, sobre todo, estar en paz conmigo mismo: poder mirar este capítulo sin convertirme en juez o verdugo, sin minimizar ni dramatizar. Aceptar que me uní, que me importó, que no me eligieron del todo, que yo también me equivoqué, y que ahora me toca elegir distinto.
Mi psicólogo me invitó a escuchar la angustia, no a callarla. Hoy la escucho y entiendo un poco más: no es un monstruo incomprensible, es la señal de que hay algo íntimo que pide orden. Y aunque sigo sintiendo el hueco, ya no lo niego. Lo miro de frente y me digo: esta vez no voy a correr para taparlo; esta vez voy a quedarme hasta que aprenda lo que vino a enseñarme.