El inconsciente todavía duerme con Alma

Serie: El amor como síntoma

Podría ser que esté dando vueltas dentro de un mismo círculo que no quiero admitir, mientras me convenzo de que lo tengo todo bajo control. Me gusta la idea de dominar la mente, de mantener la cabeza fría como un estoico, pero hay días en los que la cabeza y el corazón parecen dos mundos que no se hablan.

Ese deseo de soltar el Alma, mientras mi mente insiste en buscarla en cada recuerdo, me juega en contra más de lo que imagino. No es falta de fuerza, es un tipo de contradicción interna: querer avanzar mientras una parte de mí se aferra a lo que me hizo sentir vivo, aunque haya dolido.

A veces creo que busco la paz interior como si fuera un trofeo, pero mi propia mente no deja de hacer trampas. No acepta la ausencia, no se rinde, se alimenta del mismo apego que dice querer soltar. Ese apego tiene algo de amor, pero también mucho de miedo: miedo a no sentir, miedo al vacío, miedo a perder el sentido.

Y no es raro. Todos queremos ser fuertes, dueños de nuestros pensamientos, parecer hombres firmes y controlados. Pero al mismo tiempo, hay algo en el corazón que pide permiso para seguir sintiendo. Una parte que no entiende de disciplina ni de teoría, solo de presencia y ausencia.

Quizás mi resistencia a soltar tiene que ver con que no quiero dejar morir la parte de mí que necesita pertenecer. que busca seguridad, afecto, ternura. Esa parte que el mundo espera que un hombre esconda. Y tal vez esa mezcla, querer libertad emocional y a la vez sentirme atrapado en mis propias rumiaciones; sea el combustible de este cansancio que llevo encima.

Intento nadar contra la corriente de mi propio cerebro. Quiero avanzar, pero mi mente se resiste a dejar ir. No porque sea débil, sino porque existe una grieta entre lo que deseo y lo que realmente hago. Quiero soltar y vivir en paz, pero sigo enganchado en lo que fue. Es como correr una maratón con los pies atados.

A veces creo que mis hijos son el único ancla real en medio de este caos interno. Representan la seguridad, el amor que no amenaza con irse. Y quizá por eso mi deseo de verlos felices es más que un instinto de padre; es una forma de asegurarme que algo en mi vida permanece estable cuando todo lo demás tiembla.

No me sorprende que busque refugios. En el fondo, estoy intentando calmar ese miedo primitivo a la pérdida, al vacío que deja la ausencia. Busco algo que me haga sentir valioso, necesario, completo. Pero el problema es que trato de encontrar afuera lo que quiero dominar por dentro, y eso genera una tensión que no se resuelve.

Tal vez esa idea de éxito, de abundancia, de control, no sea más que un intento inconsciente de blindarme del miedo. De construir un escudo contra la incertidumbre emocional, contra esa voz interna que me recuerda que no tengo el control total.

Y aun así, sigo aquí, viviendo este periodo intensamente, sin negar nada. No estoy intentando escapar del dolor ni minimizarlo. Lo estoy habitando. Estoy mirando de frente esa chispa que queda, ese pequeño resto de esperanza que no se apaga aunque la razón le diga que ya no tiene sentido.

Lo que los demás opinen, amigos, familia, los que dicen querer lo mejor para mí; no importa tanto. Porque, por más cariño que tengan, ninguno puede habitar este cuerpo ni entender el ruido que hace la mente cuando el corazón no coopera. Pueden aconsejar, pueden juzgar, pueden querer protegerte, pero nunca pueden sentir en tu lugar.
Cuando se trata del corazón, la razón se desactiva.

Quizá, solo quizá, si dejo de pelear con esa parte mía que no quiere soltar, ese ciclo mental, empiece a aflojar un poco y me deje respirar más tranquilo, aunque no sea perfecto ni rápido.

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