Cuando un niño pregunta por el origen del mundo

Ayer, de camino a la escuela, viví uno de esos momentos que uno quiere guardar para siempre. Un instante en el que, sin buscarlo, la infancia se vuelve filosófica y nos obliga a detenernos. Mis hijos lanzaron por primera vez, de forma abierta y espontánea, preguntas infantiles sobre la existencia: ¿qué había antes de los carros?, ¿qué había antes de las casas?, ¿quién construyó la primera?, ¿dónde vivía la gente antes de existir el mundo?, ¿y dónde estábamos nosotros antes de nacer?

Preguntas sencillas en su forma, gigantes en su profundidad.

Y mientras caminábamos, me descubrí intentando explicar algo que ni los adultos logramos responder del todo.


La primera chispa filosófica en la infancia

A los 5 y 6 años, los niños comienzan a entrar en una etapa donde la imaginación, la lógica y el asombro se mezclan. Desde la psicología del desarrollo, este periodo es conocido por la aparición de preguntas metafísicas: el origen de la vida, el antes y el después, la muerte, el universo.

Es normal, es sano, y es un reflejo de algo más profundo:
están construyendo su propia comprensión del mundo.

Esa mañana, mientras intentaba contarles la evolución del transporte, mi hijo me interrumpió con una claridad desarmante:
—No, papá, no hablo de los carros… hablo de todo. Antes de que existiera el mundo, ¿qué existía?

Ahí entendí que ya no estábamos hablando de autos, sino del origen de la existencia. Y mi hija, con su lógica propia, añadió:
—Y antes de las casas, ¿qué había? ¿Dónde vivía la gente?

Fue como si de pronto la niñez hubiera empujado la puerta de la filosofía.


Cuando un padre no tiene todas las respuestas

Intenté responder, pero por dentro también me reía de mí mismo:
¿Qué adulto puede explicar de forma simple algo tan complejo?

La verdad es que a veces olvidamos que no tenemos que saberlo todo. Que está bien decir: “No lo sé del todo, pero podemos pensarlo juntos”.
Porque cuando un niño hace preguntas infantiles sobre la existencia, no busca una conferencia científica. Busca conexión.

Ese momento me recordó que la paternidad no se trata de dar respuestas perfectas, sino de acompañar sus dudas con curiosidad y calma.

La infancia necesita ese espacio donde cuestionar no es molestar, sino crecer.


La importancia de permitir la curiosidad existencial

La investigación en psicología infantil muestra que estos cuestionamientos tempranos abren la puerta a habilidades fundamentales:

  • Pensamiento crítico
  • Razonamiento abstracto
  • Comprensión del tiempo y la historia humana
  • Construcción de identidad

Cuando un niño pregunta “¿dónde estábamos antes de nacer?”, en realidad está desarrollando una noción de sí mismo.

Cuando pregunta “¿quién hizo la primera casa?”, está intentando unir pasado, presente y futuro.

Lo que parece solo curiosidad es, en realidad, una forma de construir mundo.


Cómo respondemos dice mucho de nuestra propia historia

Mientras caminábamos hacia la escuela, me di cuenta de algo:
los adultos también cargamos nuestras preguntas sin responder.
Las escondemos entre la rutina, el cansancio, la prisa.

Ellos, en cambio, las dicen sin miedo.

Y ahí, en ese contraste, uno comprende que acompañar estas conversaciones es un acto de amor: no porque tengamos la verdad, sino porque aceptamos pensar con ellos.

Ese trayecto matutino me conectó con el niño que fui, ese que también se hacía preguntas que nadie respondía. Quizás por eso ahora me detengo, los escucho más, y trato de no apagarles la luz del asombro.


Acompañar su crecimiento desde la pregunta, no desde la certeza

Este fue el primer día que mis hijos hicieron preguntas infantiles sobre la existencia con tanta claridad, y quiero recordarlo siempre. No por la respuesta —que aún no la tengo— sino por el gesto:
el deseo de comprender, de cuestionar, de buscar.

Creo que, más que contestarles, mi papel es enseñarles que está bien no saberlo todo, que está bien preguntarlo todo, que la vida también es un misterio hermoso.

Ese camino hacia la escuela se convirtió en una pequeña lección de filosofía, ciencia, historia y espiritualidad… sin que ellos lo supieran.

Y mientras crecían sus preguntas, también crecí yo un poco esa mañana.


Conclusión: sembrar raíces donde crecen las preguntas

La infancia es ese terreno fértil donde la curiosidad florece sin miedo.
Hoy lo comprendí mejor: estas preguntas no son simples ocurrencias, son puertas abiertas hacia un pensamiento más profundo.

Las preguntas infantiles sobre la existencia son el inicio de algo grande.
Y acompañarlos en ese descubrimiento es uno de los privilegios más hermosos de ser padre.

Quizás no sé qué había antes del mundo.
Pero sí sé que estos momentos son el origen de algo importante en ellos… y también en mí.

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