(Interludio)
El mismo día que se me fue el alma,
yo todavía no sabía cuánto iba a doler.
No había pasado tiempo.
No había silencio.
No había duelo.
Había urgencia.
Cuando el alma se va,
el cuerpo no piensa: reacciona.
Busca sostén.
Busca algo que tenga forma.
Ese mismo día miré hacia el pasado.
No con nostalgia,
sino con estrategia.
Un pasado que mantenía a la vista,
como quien deja una puerta entornada
por si el vacío se vuelve insoportable.
Una presencia con la que aún coqueteaba emocionalmente
para no sentir del todo
la humillación íntima
de no haber sido elegido.
Un pasado que no era amor.
Era anestesia.
En ese momento no podía verlo,
pero no estaba avanzando.
Estaba huyendo.
Huyendo del golpe a la ilusión de ser elegido.
Del vacío.
De la escena más difícil de aceptar:
que alguien puede vivir en doble mundo
y aun así no escogerte.
Cuando todo terminó de una vez,
hice una promesa silenciosa:
no quedarme solo.
Y sin saberlo,
en esa promesa
ya estaba la repetición.
Empecé el proceso con el pasado,
Trámites largos.
Gestiones.
Proyectos de vida pensados desde la carencia.
Ya lo habíamos intentado antes.
Otras veces no funcionó
porque yo no estaba disponible.
Esta vez sí lo estaba.
Libre.
O eso creía.
En mi fantasía era simple:
yo disponible,
ella viniendo,
la vida empezando “bien”.
Había un detalle que minimicé,
como siempre que quiero que algo funcione:
no estaba libre.
Tenía una historia.
Informal, según ella,
la cual decía que no impedía
construir algo conmigo.
Que una vez juntos,
todo lo demás quedaría atrás.
Acepté.
No por coherencia,
sino por deuda emocional.
Porque una parte de mí creía
que no podía exigir
lo que antes no había sabido sostener.
Ahí estaba otra vez
la economía del cariño:
la transacción emocional
disfrazada de comprensión.
Ceder hoy
para cobrar mañana.
Aceptar la ambigüedad
esperando que se transforme en certeza.
Negociar los límites
para no enfrentar la soledad.
Durante mucho tiempo creí
que volvía a estas escenas por amor.
Hoy puedo nombrar algo más preciso.
El psicoanálisis lo llama
pulsión de muerte.
No como deseo de desaparecer,
sino como la tendencia a repetir
lo que ya dolió
solo porque es familiar.
Elegir lo ambiguo.
Aceptar lo incompleto.
Volver a escenarios
donde el alma se desdibuja.
No era mala suerte.
Era compulsión.
Una fuerza silenciosa
que empuja a recrear la herida
con la fantasía inconsciente
de que esta vez será distinto.
Nunca lo es.
La grieta apareció una madrugada.
No como drama.
Como lucidez.
No me sentí más fuerte.
Me sentí más honesto.
Y entendí algo que dolió
más que la separación:
la dificultad para soltar a Alma
no venía solo del amor,
sino de que yo seguía conectado al patrón.
Seguía amando negociando.
Seguía entrando en vínculos
sin límites claros.
Seguía traicionando mis valores
para no estar solo.
Quería olvidar a Alma
sin cambiar el sistema
que había hecho posible esa herida.
Ahí algo se detuvo.
No se supera una pérdida
repitiendo la estructura que la generó.
Para que el dolor afloje,
no basta con soltar al otro.
Hay que dejar de soltarse a uno.
Fue en ese punto, justo cuando estaba a punto de ejecutar todo, de apretar el botón que traería definitivamente ese pasado a mi presente, que apareció la claridad. No como impulso, sino como decisión.
Detuve el proceso. Cancelé todo. No habría una segunda vuelta, ni una reapertura futura, ni una puerta entreabierta. No por ella, sino por mí. Porque entendí que seguir ahí era seguir traicionándome, y que esta vez el corte tenía que ser real y definitivo.
La soledad se hizo más compañera
No como castigo.
Como espacio.
Un espacio incómodo,
pero limpio.
Ahí pude pensar.
Reflexionar.
Preguntarme qué quiero realmente para mi vida
y desde dónde elijo.
En ese silencio ocurrió algo que no esperaba.
Conocí a alguien,
No fue alguien que llegara de afuera ni alguien que trajera promesas. No pidió nada. Con el tiempo entendí que había encontrado a mi mejor amigo. Era yo.
No el yo que se adapta para encajar, ni el que busca validación, ni el que se ofrece para ser elegido.
Era el yo que se acompaña, el que se sostiene y el que empieza a comprender que no necesita a nadie para estar bien consigo.
Ahí me di cuenta de algo simple y radical: soy mi mejor compañía.
Ya no busco desde la carencia.
Ya no me acerco desde el vacío.
Ya no necesito que otro me complete.
Tampoco quiero en mi vida
personas que vengan rotas
buscando reparación.
No quiero ser refugio.
No quiero ser anestesia.
No quiero llenar vacíos emocionales ajenos.
Mi soledad no es abandono.
Es criterio.
Y solo la traicionó
con alguien completo.
Alguien que no venga a llenarse conmigo.
Alguien que pueda elegir
sin negociar su verdad.
Hoy puedo decirlo sin épica:
Alma aún me duele,
pero pesa mucho menos desde que rompí el patrón y dejé de traicionarme.
Aún no he sanado.
Estoy despierto.
Y un hombre despierto
ya no entrega su dignidad
para no estar solo.
Desde aquí
empieza otra historia.
No escrita desde la herida,
sino desde alguien
que dejó de repetirse.
Por ahora,
me quedo aquí.
Conmigo.
Y por primera vez,
eso alcanza.